martes, 1 de junio de 2010

El final

Y entonces, sin más, decidió entregarse a su deseo.
Eso que todos apreciaban por detrás de los cristales
para ella era el día a día.
No temía aquello que acosaba el corazón de los mortales,
pero no podía dejar de temer el no temerle a nada.
Despertaba por costumbre y soñaba con el día en que no lo hiciera más.
Había amado, o de eso trataba de convencerse,
¿Pero sabía lo que era el amor?
El sentido de las cosas se le tornaba cada vez más vulgar,
la elección cada vez más aburrida.
Lo único que añoraba era perderse en esa mirada hasta desaparecer.

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